Historia donada por Katia Iglesias
Sinopsis:
Katia nació en Ucrania, fue adoptada y creció en España sintiendo que su vida estaba hecha de dos raíces: una que la salvó y otra que nunca dejó de llamarla. Entre operaciones, bullying, discapacidad, trabajo, teatro y una guerra que le duele en el cuerpo, su historia habla de identidad, resistencia y de esa forma tan suya de avanzar: día a día.
_______
Katia nació en Dnipropetrovsk, Ucrania, en un orfanato.
Lo cuenta de forma bastante directa pero sin añadir intensidad ni drama. Sus padres biológicos la abandonaron siendo un bebé y sus primeros años transcurrieron en aquel lugar del que hoy conserva flashes, sensaciones y alguna imagen suelta. No recuerda una película entera, pero sí escenas. Y, sobre todo, recuerda una sensación: algo de ella se quedó allí.
A los dos años y medio, unos padres españoles decidieron adoptarla. No fue tan fácil. En el orfanato dudaban, porque Katia tenía problemas físicos importantes. Había nacido con una cardiopatía y necesitaba una operación que, en Ucrania, probablemente no habría llegado a tiempo.
Pero sus padres insistieron. Y menos mal, porque aquella insistencia le cambió la vida.
Llegó a Barcelona y apareció una familia nueva: padres, abuelos, tíos, abrazos por todas partes. Katia, que ya entonces era muy cariñosa, no necesitó demasiado calentamiento. Si había cariño, ella entraba. Si había brazos abiertos, allí que iba. Como si, incluso sin entender del todo qué estaba pasando, supiera reconocer cuándo un sitio podía ser casa.
A los cinco años la operaron del corazón. Y sí, fue importante, claro. Pero Katia lo recuerda con un detalle muy suyo: se aburría muchísimo. Dos semanas en una cama de hospital para una niña hiperactiva eran casi un castigo medieval. Ella quería moverse, mirar, preguntar, enterarse de todo. Porque Katia es así: está en mil cosas a la vez. Su TDAH no lo vive como “falta de atención”, sino más bien como exceso. No es que no vea nada. Es que lo ve todo.
Después llegó el colegio. Y ahí la cosa se complicó.
Durante años, Katia sufrió bullying. Desde pequeña hasta bien entrada la juventud. Le dijeron que no servía, que no llegaría a nada, que era vaga, inútil, diferente en el peor sentido. Cambió de colegios, pasó por centros especiales, hizo un PFI, consiguió la ESO, terminó un grado medio de Administración con adaptaciones y un año más de esfuerzo.
Spoiler: El problema nunca fue que Katia no pudiera aprender. El problema era que muchos no sabían mirar a alguien que aprendía de otra manera.
Y aun así, siguió. Siguió como se sigue en la vida real: tropezando, cansándose, enfadándose, diciendo “yo no quiero estudiar más” y buscando otra puerta. Y entonces apareció Aura Fundació, una entidad que ayuda a personas con discapacidad intelectual a encontrar trabajo.
Para Katia, Aura fue mucho más que una fundación. Fue un sitio donde, por fin, dejó de ser “la que no puede” y empezó a ser “Katia, cuánto sabes”
Y eso, después de años escuchando lo contrario, no es poca cosa.
Gracias a Aura encontró trabajo. Primero, una experiencia que no salió bien. Después llegó algo inesperado: actuar en una serie catalana, Nivell Extra, emitida en 3Cat.
Durante tres meses grabó, se vio en pantalla, la reconocieron, la siguieron en redes y le propusieron hacer teatro, cantar y participar en nuevos proyectos. Ella lo cuenta con ilusión y con su punto de guasa: “famosa famosa no me hice, pero un poquito sí”. Y después de tanto “no vales”, ese poquito de brillo se disfruta un montón.
Ahora trabaja en Mercabarna, en Cal Fruitós. Está contenta, aunque sabe que todavía hay mucho desconocimiento sobre la discapacidad. Por eso habla. En redes, en persona, incluso en el metro si escucha una conversación y cree que puede aportar algo. Katia explica, corrige, acompaña. Sin ponerse estupenda, pero sin esconderse.
Y luego está Ucrania.
Desde que empezó la guerra, algo dentro de Katia se removió. El orfanato donde nació fue destruido. Personas que podían guardar pedazos de su origen murieron. Una parte de su pasado, dice, se borró de golpe. Y desde entonces hay noches en las que se despierta con la sensación de que algo ha explotado. Como si su cuerpo, aunque viva en Barcelona, siguiera conectado a Dnipro.
Sus padres le recuerdan que su vida está aquí. Y ella lo sabe. Los quiere, les agradece todo, dice que le arreglaron la vida. Su hermano, que también adoptado en Ucrania aunque en otra ciudad, forma parte de ese refugio. España es su familia, su trabajo, su presente.
Pero Ucrania es su origen.
Y Katia no quiere tener que escoger. Quiere quererlo todo: a quienes la salvaron y al país que la llama; la vida que tiene y la raíz que le falta; el aquí y el allí.
No sabe cuándo podrá volver. Pero lo tiene claro: algún día lo hará.
Mientras tanto, sigue. Con miedo a veces. Con trauma todavía. Con psicóloga, trabajo, teatro, familia, rabia, humor y un corazón que ya fue reparado una vez, pero que sigue latiendo fuerte.
Muy fuerte.
A su manera.
