La niña que no se quedó sentada en el frontón

Historia donada por Raquel Mico

Sinopsis:

Raquel tenía 8 años cuando su padre le pidió que esperara sentada en un frontón. Pero ella vio unas paredes verdes, una pelota en movimiento y algo se le encendió por dentro. Desde aquel primer flechazo hasta convertirse en campeona del mundo, metodóloga deportiva internacional y primera mujer seleccionadora del equipo femenino, su historia habla de pasión, familia, valentía y de una forma muy suya de vivir: ver un reto, sonreír y lanzarse.

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Raquel tenía 8 años cuando su padre la llevó por primera vez a un frontón en Villena. Él iba a jugar un rato y le dijo:

  • Raquelín, quédate aquí sentada, que papá va a jugar.

Pero ella no era de quedarse sentada.

Vio unas paredes verdes, unos niños jugando, una pelota, una pared y algo dentro de ella hizo clic. No sabía todavía nada de aquel deporte, pero vio una cosa con una claridad tremenda: quería estar ahí. Y no solo quería jugar. Quería ser campeona.

Se acercó, preguntó si había escuela y volvió con la idea clavada en la cabeza. Cuando su padre dudó, pensando que quizá allí no jugaban niñas, Raquel lo resolvió rápido:

  • Juegan niños y niñas. Juegan todos.

Durante meses insistió. Hasta que un día sus padres anunciaron que iban a apuntar a los tres hermanos a natación. Raquel lo tuvo clarísimo:

  • No, papá, te has equivocado. Es frontenis.

Para quitarle la idea, su padre le dio una raqueta de bádminton y una pared. La raqueta se rompió enseguida. Aquella no era la raqueta. Aquel no era el juego. Ella quería entrar en la escuela y jugar de verdad.

Y entró.

Los sábados se convirtieron en una fiesta: entrenamientos, partidos, meriendas, viajes, familia.  El frontenis dejó de ser un deporte y se convirtió en una forma de vivir. Su prima Izaskun también empezó a jugar  y su tía Virtu les hizo una equipación con la publicidad de su peluquería. Para dos niñas con sueños grandes, aquello era casi tocar el cielo: tenían hasta patrocinadora.

A los 13 años, en un campeonato en Elda, Raquel e Izaskun vieron por primera vez a mujeres jugando a frontenis olímpico femenino. Era rápido, técnico, espectacular. Raquel miró aquello y volvió a sentir la misma certeza de la primera vez:

  • Vamos a ser campeonas de esto.

Ficharon por el Club Atlético Montemar de Alicante y empezaron a competir en serio. En el primer Campeonato de España quedaron últimas. Al año siguiente, penúltimas. Pero Raquel tenía una manera muy suya de mirar las derrotas. No las convertía en drama. Las convertía en trabajo.

En el tercer año fueron subcampeonas de España absolutas. En 1998, campeonas de España. Y después llegaron mundiales, copas, títulos y una vida deportiva cada vez más grande.

Pero no todo fueron victorias.

A los 18 años se quedó fuera de una selección. Le dolió pero tuvo una lucidez poco habitual para su edad. Le dijo al seleccionador:

  • No te preocupes. Sé que esto no depende de ti. Depende de mí.

Y se puso a construir.

Quería estudiar Educación Física pero, para obtener la beca que necesitaba,  tenía que ser deportista de élite. La solución: ser campeona del mundo sub-22. Aquel año se levantaba cada día a las cinco para cuidar a unas niñas, trabajaba en una frutería, en una fábrica de zapatos, iba al instituto nocturno y entrenaba cuando podía. No era la vida cómoda de una promesa deportiva. Era la vida real de alguien que había decidido que iba a cumplir su sueño.

Lo consiguió en 1999, en Argentina.  fue campeona del mundo. Obtuvo la beca, entró en la carrera y empezó a mirar el deporte desde otro lugar. Ya no quería solo ganar. Quería entenderlo, traducirlo, enseñarlo, hacerlo crecer.

Trabajó para la Federación Valenciana, creó metodología, impulsó escuelas, abrió espacios para el deporte femenino y acabó llevando su experiencia hasta México, en la CONADE, gestionando proyectos nacionales, equipos, presupuestos y objetivos de medalla. La pista le había enseñado a competir. La gestión le enseñó otra forma de ganar: hacer que otros también pudieran llegar.

Años después, de vuelta en España y tras mucho tiempo sin competir, volvió a coger la raqueta. Primero con Leire, una jugadora a la que había formado de niña. Fueron subcampeonas de España. Después llamó a Izaskun. La familia venía de una pérdida muy dura: la muerte de la tía Virtu.

  • Necesitamos cambiar la energía de la familia —le dijo.

Y volvieron juntas.

En Barcelona perdieron el primer partido. Izaskun se lesionó en el segundo. Todo parecía torcido. Pero jugaron con cabeza, estrategia y corazón. La familia estaba allí. También su abuela, con 90 años. Y Raquel sintió que no estaban solas.

Fueron campeonas de España. Después, subcampeonas de Europa.

Aquella medalla no fue solo una victoria. Fue una manera de devolver luz a la familia desde el mismo lugar donde todo había empezado: una pista, una pelota, una promesa.

Hoy Raquel es la primera mujer seleccionadora del equipo femenino. Y cuando mira atrás, no ve solo títulos. Ve una vida entera respondiendo a la misma llamada.

Porque aquel día le pidieron que se quedara sentada.

Y Raquel se levantó.

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