Historia donada por Ana Palencia
Sinopsis
Un viaje a Bangladesh cambió para siempre la forma en que Ana entendía la ayuda, el privilegio y la responsabilidad. Lo que empezó como una experiencia profesional se transformó en una cadena de cooperación capaz de movilizar equipos, clientes, amigos y voluntarios. Una historia sobre cómo una persona puede encender una llama, pero solo muchas manos juntas consiguen que esa luz llegue más lejos.
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Ana suele decir que, en las decisiones importantes, el corazón se le adelanta. Después llega la cabeza: ordena, calcula y busca el camino. Pero ese primer sí, el que abre la puerta, nace casi siempre de dentro.
Quizá por eso, cuando en 2006 asumió en Unilever la dirección de comunicación corporativa y sostenibilidad, sintió que aquel puesto conectaba con su pasión por construir un futuro mejor. Entonces se hablaba más de responsabilidad social corporativa, pero Ana entendió pronto lo que significaba: utilizar la fuerza de una gran compañía para mejorar vidas concretas.
Durante los años siguientes impulsó iniciativas para acercar esa mirada a la organización. A su lado había un equipo con la misma energía y la convicción de que una empresa puede ser una importante palanca de transformación.
En 2011, ese compromiso llevó al equipo de España a ganar un reconocimiento europeo que les permitió viajar a Bangladesh durante diez días para conocer programas sociales que impulsaba la organización.
Ana vio de cerca la pobreza extrema, pero también respuestas que abrían una salida: escuelas donde una galleta con vitaminas ayudaba a que un niño estudiara en lugar de trabajar, proyectos de agua potable y mujeres que no necesitaban compasión, sino oportunidades.
También aprendió una cifra que ya nunca olvidaría: con 400 euros al año se podía ayudar a una mujer a salir de la pobreza. Cuatrocientos euros para comprar una vaca, una cabra o un carro para transportar especias. Cuatrocientos euros para empezar una vida.
De vuelta en el avión, Ana entendió que aquel viaje no podía quedarse en una experiencia que emociona y luego se archiva. Habían comprobado que la ayuda llegaba, que los programas funcionaban y que cada fotografía tenía una historia detrás.
Así Ana ideó un proyecto poderoso: recaudar 100.000 euros en un año para ayudar a 250 mujeres. La propuesta era sencilla: poco más de un euro al día durante un año. Una cantidad pequeña aquí; una posibilidad inmensa allí.
Entonces ocurrió lo más bonito: la cooperación empezó a encontrar sus propias formas.
Una compañera celebró el bautizo de su hija y pidió dinero para el proyecto en lugar de regalos. En el departamento financiero, cada “palabrota” durante los cierres de mes se convertía en un euro dentro de una botella. Desde hostelería organizaron barbacoas solidarias. Desde marketing sortearon productos. Con Ahorramas impulsaron cestas solidarias que recaudaron 37.000 euros en un mes. Se organizó una caminata donde cada participante contribuía con una pequeña aportación.
La meta eran 100.000 euros. Recaudaron 106.000.
Cada euro dejó de ser una cifra. Era alimento, dignidad, ilusión. Era la prueba de que el impacto no depende solo del tamaño de una compañía, sino de la motivación de las personas que deciden sumar.
Pero Bangladesh aún guardaba otro capítulo.
Un día Ana leyó una entrevista a Elena Barraquer y descubrió que tenía un programa para operar cataratas en distintos países. Se presentó en su clínica, no para hablar de su vista, sino para contarle lo vivido y hacerle una petición concreta: que incluyera como destino el barco hospital que una de las empresas de Unilever, Lifebuoy, tenía en Bangladesh.
Elena escuchó, cogió el teléfono y preguntó a su asistente en qué fechas podían hacer ese viaje solidario. Solo puso una condición: que Ana la acompañara como voluntaria.
En 2015, Ana regresó a Bangladesh junto a su marido, Lluís, y el equipo de la Fundación Elena Barraquer. Él colaboró dentro del quirófano. Ella esterilizaba material fuera. Aquel equipo operó a 250 personas que recuperaron la vista. Les devolvieron luz. Y, con ella, el mundo.
Los años han pasado pero la llama ha seguido viva incluyendo nuevos proyectos. Un ejemplo: la caminata solidaria se trasladó a Viladecans, sede de Unilever, para ayudar a familias cercanas en situación de vulnerabilidad. Llegaron a caminar 7.000 personas y a recaudar 30.000 euros en un día.
Ana cuenta su historia con humildad, consciente de que no la ha escrito sola. En cada paso aparecen organizaciones y personas generosas que aportan lo que tienen: tiempo, ideas, recursos, manos.
Pero nada de todo eso habría empezado a moverse sin ella. Ana miró aquella realidad de frente, sintió que no podía quedarse al margen y tuvo la determinación de convertir una emoción en acción. Supo sumar voluntades y convertir una vivencia personal en un proyecto compartido.
Porque a veces una historia ganadora empieza con una persona que dice sí antes de tener todas las respuestas. Y cuando ese sí se sostiene con liderazgo, sensibilidad y voluntad, deja de ser solo una intención: se convierte en camino.

Gracias por compartirla ! Un lujo formar parte de Sílovers 🩷
El placer es nuestro!!! ❤️❤️❤️
Querida Ana,
Leerte ha sido revelador. Me ha encantado imaginar todo ese impulso junto de tantas personas generosas y solidarias con todas esa mujeres. Tu historia es una pura demostración del sentido que podemos darle a nuestro trabajo y a nuestra vida, pero también cómo las empresas son uno de los motores más importantes de transformación que existe. Ana tu liderazgo ha sido y es ejemplar. Te conozco hace años y me siento una auténtica privilegiada de tenerte en mi vida. Gracias por querer estar en Sílovers. Enhorabuena!!!