Estela: siempre con el sí por delante

Historia donada por Estela Sánchez

Sinopsis:

Estela tiene una forma especial de estar en la vida y ella lo define mediante la frase “siempre con el sí por delante”. Su biografía pasa momentos muy duros, pero también revela una manera luminosa de atravesarlos: con aceptación, sensibilidad y propósito. En ella conviven la pedagoga, la madre, la emprendedora y, sobre todo, una mujer que ha aprendido a transformar lo vivido en una forma generosa de estar cerca de los demás. Su historia habla de alegría, de fuerza y de esa forma tan suya de seguir adelante, con una mirada sensible, generosa y profundamente humana

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Estela dice que su historia tiene cuatro momentos. Quizá porque hay vidas que se cuentan por estaciones y heridas que, con el tiempo, señalan un camino.

La primera estación llegó demasiado pronto.

Durante la adolescencia, Estela entró en una depresión profunda. Después vinieron la anorexia y un intento de suicidio. No lo cuenta desde el dramatismo, sino desde una comprensión que solo da el tiempo: cuando alguien llega ahí, no quiere morir; solo quiere dejar de sufrir. Y ella, entonces, no tenía recursos para sostener tanto dolor.

Hubo psicólogos, psiquiatras, medicación y recaídas. Su psiquiatra le dijo que aquello era como una mesa de cuatro patas: la medicación era una, pero las otras tres tenía que ponerlas ella.

Y Estela las puso.

Mientras estudiaba Pedagogía, cuidaba por las tardes a un niño. Durante cinco años sostuvo la carrera y aquel trabajo que amaba. Estaba muy delgada, pero siguió. Estudiaba, cuidaba y sacaba fuerzas de donde podía.

A los 22 años terminó la carrera. Entonces llegó la segunda estación.

Empezó con un dolor fuerte. Le hablaron de gases, quizá de piedras en el riñón. Pero el dolor no cedía. En Tarragona acabó en el hospital, donde le hicieron un TAC. El diagnóstico fue claro: dos tumores grandes en el hígado. Había que operar.

Durante la espera, Estela lloró mucho. Se preguntó por qué a ella, por qué tan joven… Hasta que algo cambió dentro. Se dijo: “Esto es lo que me ha tocado. Será para algo”.

Y aquel “será para algo” le cambió la vida.

La operación fue bien. Los tumores eran benignos. Le quedó una cicatriz grande, visible. No quiere borrarla. Para Estela esa marca no es algo que esconder. Es un anclaje. Cuando tiene un día difícil, se la mira y recuerda: ya estuviste aquí, ya saliste.

Tras la operación dejó atrás el pesimismo y empezó a vivir desde otro lugar: con alegría, entusiasmo, positividad y ese “SÍ” que hoy la acompaña. Estela agradece aquella operación. Porque no solo le dejó una cicatriz: le dejó una nueva manera de mirar la vida.

Después llegaron la endometriosis, otra operación y otro susto en quirófano. Le quitaron parte de un ovario y le dijeron que quizá no podría tener hijos.

Tuvo dos.

El primero se llamó Jorge, como aquel niño al que cuidó durante la carrera. Jorge fue el primer hijo, nieto, sobrino… ¡menudo regalazo! El segundo, Marcos.

Y con Marcos llegó la tercera estación.

A los pocos meses, Estela empezó a notar que algo era distinto. El pediatra intentaba tranquilizarla, pero ella insistió. Marcos tardaba en avanzar, su ritmo no era el de otros niños. Con el tiempo llegaron el diagnóstico, las terapias y el aprendizaje de vivir con un hijo con discapacidad.

Hoy Marcos está a punto de cumplir quince años. No se comunica de forma oral ni a través de sistemas aumentativos, y la frustración aparece cuando no logra expresar lo que necesita o siente. En plena adolescencia, esa dificultad se intensifica también para quienes le acompañan.

Estela no lo disfraza: es duro.

Nadie te prepara para tener un hijo diferente. Nadie te enseña qué hacer con el miedo, la aceptación o la pregunta de qué pasará cuando tú no estés. Ella y su marido han aprendido a decirse: “Problemas del futuro”. No porque no importe, sino porque vivir lejos del presente los rompe. Esa es su vida: incierta, exigente y, aun así, llena.

Estela podría haberse quedado en el dolor. Pero eligió otra cosa.

Eligió la sonrisa. Eligió ayudar si puede. Eligió pedir perdón cuando toca. Eligió ponerse una nariz de payaso en un atasco para hacer reír a otros conductores. Eligió mirar la vida sabiendo que dura un rato. Eligió sí.

La cuarta estación llegó en febrero de 2026, cuando dejó una empresa en la que estuvo casi 14 años, agradecida por todo lo aprendido, pero con la que ya no se identificaba. Entonces fundó Armopop: armonía en formaciones, team building y eventos con propósito, orientación y pasión.

No se imaginaba empresaria. Pero la vida, dice, la fue preparando.

Hoy Estela escucha lo que necesitan las empresas, diseña junto a ellas el proyecto que mejor responde a ese reto y lo conecta con los colaboradores adecuados para convertirlo en experiencias que generan valor.

Para Estela, cada proyecto debe sostenerse sobre un triángulo de bienestar: el cliente, los profesionales que participan y ARMOPOP. Quiere que todos ganen.

Porque ganar no va solo de resultados; va de que todas las personas implicadas sientan que ha merecido la pena.

Su propósito está claro: generar bienestar y ayudar a que las personas a estén un poco mejor. Y hacerlo desde ahí, desde ese “SÍ” a la vida que la acompaña.

Quizá por eso su historia no va de sobrevivir, aunque haya sobrevivido muchas veces. Va de elegir.

Elegir quedarse.

Elegir mirar de frente.

Elegir no borrar la cicatriz.

Elegir el presente.

Elegir el sí.

Para conocer el proyecto de Estela entra en www.armopop.com

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