Resistir también era parte de la tesis

Sinopsis:

Viqui no buscaba un doctorado. Buscaba entender el cansancio invisible de los médicos residentes que veía cada día en el hospital. Lo que encontró fue algo más difícil: una travesía de ocho años en la que tuvo que aprender a sostener un proyecto, una relación compleja y, sobre todo, a sí misma. Esta es una historia sobre la exigencia, la empatía y el instante exacto en el que comprender al otro no puede significar olvidarte de ti.


Viqui nunca soñó con hacer un doctorado. Era médica, acostumbrada a consultas, guardias y pasillos de hospital, a escuchar a un paciente y a sostener historias ajenas sin tiempo para procesar las propias. Llegó a la tesis casi sin darse cuenta, en 2017, cuando en medio de un cambio laboral empezó a interesarse por la salud mental de los médicos residentes, porque lo veía cada día en el hospital, en las miradas cansadas, en las bromas que esconden miedo, en ese “estoy bien” que suena a alarma. Fue entonces cuando una psiquiatra, rigurosa y brillante, le dijo que aquel trabajo podía convertirse en una tesis doctoral y que ella la acompañaría. Viqui dudó. Mucho. Nunca se había visto como investigadora, pero aceptó con esa mezcla de curiosidad y responsabilidad que tienen quienes cuidan.

Los primeros años fueron casi luminosos: entrevistas, datos, ilusión, la sensación de que el conocimiento podía servir para proteger a otros, a quienes empezaban en la medicina sin saber todavía cuánto se desgasta el cuerpo cuando se vive a base de turnos. Ella hacía la parte más cercana, la de recopilar datos y trabajar con los residentes, mientras la tesis avanzaba al ritmo de su vida profesional y familiar. Hasta que llegó la pandemia. Y lo arrasó todo. Durante tres años, Viqui vivió prácticamente para luchar contra el coronavirus. Guardias. Urgencias. Miedo. Agotamiento. El hospital como una batalla diaria. La tesis quedó apartada, como se apartan las cosas que un día fueron importantes, pero de pronto no caben ni en el cuerpo.

Cuando la emergencia se calmó, Viqui estaba exhausta y lo último que deseaba era retomar aquel camino. Pero la psiquiatra insistió. Y Viqui volvió. Ahí empezó lo verdaderamente difícil.

Porque un doctorado no es infinito, aunque la perfección a veces lo parezca. En teoría dura cinco años, con dos de ampliación y, en casos excepcionales, uno más, hasta un máximo de ocho. Y el problema es que una tesis siempre puede mejorarse, pero el calendario no negocia. Cuando empezó la fase de análisis y escritura, la relación se volvió más exigente: la directora era meticulosa y exigente hasta el extremo, y donde otros veían “suficiente”, ella veía margen de mejora; cada documento volvía con marcas, notas y correcciones, y una frase se revisaba diez veces porque “todavía podía estar mejor”. Diez veces. A veces más. Había noches en las que el detalle se convertía en un laberinto: una coma, un adjetivo, una tabla, una referencia. Y vuelta a empezar.

No era solo trabajo. Era desgaste. Viqui sostenía su trabajo, su equipo, su familia. Y la tesis. Los archivos iban y venían en versiones interminables, sin nube ni documentos compartidos, con ese “nueva versión” que prometía cerrar y en realidad abría otra puerta. Empezó a pagar un precio que no figura en ningún programa académico: insomnio, nervios, la sensación de no llegar a nada, hasta el punto de medicarse para dormir mientras estudiaba precisamente el estrés ajeno. Qué ironía. Qué dolor.

La directora se jubiló, y aunque siguió al frente de la tesis, entró un segundo director que aportó otra mirada y cierto equilibrio. Hubo momentos en los que Viqui pensó en abandonar. De verdad. Pero algo en ella —una mezcla de paciencia, compromiso y empatía— la mantuvo dentro, quizá porque intuía que aquella mujer no quería hacerle daño, sino hacer el trabajo impecable, y que su exigencia obsesiva era también su forma torpe de cuidar. A veces gritaba. A veces se cerraba. A veces no veía el límite. Pero tampoco era indiferencia. Era algo más complejo, más humano.

Ocho años, el máximo posible. Ocho años de tensiones, silencios y complicidades. Ocho años en los que Viqui aprendió a decir “no” y a poner límites. Hasta que llegó el momento en que, contra la opinión de la directora, dijo: “se entrega”. Porque entendió que hay proyectos que no se terminan por perfección, sino por valentía, y que, si no lo cerraba ya, nadie lo haría por ella.

El día de la defensa, mientras todo el mundo le pedía calma, el último mensaje de la psiquiatra fue una sugerencia técnica: “reordena dos diapositivas”. Viqui sonrió. No cambió nada. Defendió su trabajo. Sobresaliente cum laude.

Al final, su directora se despidió con palabras sinceras y sencillas y con un “te quiero mucho”. Y Viqui sintió algo que no era ni gratitud ni reproche, sino una verdad mucho más compleja: habían recorrido juntas un camino tremendamente difícil, sí, pero valioso. Hoy entiende que el doctorado, siendo importante, no fue lo único. El verdadero logro fue aprender a decir no sin dejar de comprender, atravesar una relación exigente sin perder la empatía y descubrir que hay victorias que no se celebran con títulos, sino con algo mucho más profundo: seguir siendo tú después de haber estado a punto de romperte.


Historia donada por Victòria Olivé

¿Te atreves a dar el primer paso?

¡No hacemos spam! Más información en nuestra política de privacidad

1 comentario

  1. Wow Viqui!!! La historia que nos compartes es impresionante. Me quedo con ese atrevido y necesario «no» que nos cuesta tanto pronunciar. Tú lo dijiste para proteger el enorme «Sí» que había en ti: Sí a cuidarte y a respetarte. ¡Enhorabuena! y muchas gracias por tu generosiadad.

Responder a Maribel Martínez de Murguía Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *