El día que a Jesús el corazón le hizo una evaluación de desempeño

Sinopsis:


Jesús, directivo en el mundo tecnológico, lo dio todo para posicionar a una multinacional francesa en España. Trabajo incansable, decisiones estratégicas, compromiso total. Él y su equipo demostraban valor una y otra vez… pero la ayuda no llegaba. Hasta que su cuerpo habló más alto: dolor desconocido, arritmias, un aviso claro. Y entonces Jesús hizo lo más difícil para un líder acostumbrado a sostenerlo todo: cambió de prioridades y se eligió.

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Jesús no era de los que “cumplen”. Jesús era de los que empujan.
En el mundo de la tecnología —ese donde todo cambia rápido y el margen de error es mínimo— él había logrado algo que no se consigue solo con talento: posicionar de manera extraordinaria a una multinacional francesa en España. Eso implica estrategia, visión, equipo, negociación, resistencia y una capacidad casi
quirúrgica de leer el mercado. Implica, también, una disposición que pocos tienen: estar disponible siempre.


Jesús no se dejaba la piel. Hacía lo siguiente.


No había horas en el reloj capaces de sostener su compromiso. No había un “ya mañana” cuando algo era urgente. No había “esto no es mi responsabilidad” si había que tomar una decisión. Se implicaba hasta la médula. Y su equipo — porque nadie hace esto solo— seguía ese ritmo: dando soluciones, abriendo caminos, demostrando una y otra vez el valor que aportaban.


Pero hay una forma silenciosa de desgaste que no la provoca el trabajo duro. La provoca la injusticia.


Porque, a pesar de los resultados, Jesús y su equipo no recibían toda la ayuda necesaria, como merecían, por la central francesa. Sus soluciones funcionaban. Sus números hablaban. Sus clientes respondían. Su aportación era evidente. Y aun así, los medios no llegaban. Y cuando una persona lo da todo y
recibe poco, pasa algo peligroso: empieza a intentar dar todavía más, como si el exceso pudiera compensar la falta.


Jesús persistía. Persistían.

Una y otra vez. Un trimestre más. Una reunión más. Un proyecto más. Un “si lo sacamos, ya nos verán”. Ese es el veneno de los profesionales excelentes: creen que si se esfuerzan lo suficiente, la realidad se alineará. Y a veces sí. Pero otras… el sistema sigue igual. Y la factura la paga tu cuerpo.


El cuerpo, siempre, lleva la contabilidad.


El aviso llegó como llegan los avisos serios: sin pedir permiso.
Un dolor desconocido. Arritmias anormales. Una sensación que no era “estrés normal”. Era un “algo aquí no está bien”. Y cuando Jesús fue al médico esperando quizá una recomendación típica, recibió una frase distinta. Una frase que no se negocia:


“Esto es serio Jesús. Tienes que cuidarte.”


En ese momento ocurrió el verdadero giro de esta historia. Porque el problema no era solo el trabajo. Era el modelo. Era la idea de que tu valor se mide por cuántas horas entregas. Era esa cultura de aguantar como si rendirse fuera descansar. Y Jesús empezó a tomar otro tipo de decisiones.


Decisiones que no estaban destinadas a la empresa. Estaban destinadas a su bienestar y a su salud.


Primero fue el reconocimiento interno: “así no puedo seguir”. Luego, la
aceptación: “no tengo que demostrar nada a costa de mi salud”. Y después, lo más complejo para un directivo de alto rendimiento: renegociar su lugar en el mundo sin sentirse culpable. Porque cuando llevas años funcionando a base de responsabilidad, soltar parte de esa carga parece traición. Pero no lo es. Es madurez.


Jesús habló. Negoció. Puso encima de la mesa lo que antes se callaba: el coste personal. Y decidió llegar a un acuerdo con los franceses para dejar su rol de Director General. No se fue “derrotado”. Se fue consciente. Eligió un rol más transversal, con impacto, pero sin que el trabajo le llevara la vida.

Y esa elección no solo es valiente. Es rarísima.

Porque hay mucha gente que espera a que el cuerpo grite más fuerte. A que el susto sea mayor. A que ya no haya salida elegante. Jesús escuchó a tiempo. Hoy vive más tranquilo. Con menos estrés. Con una manera diferente de entender el trabajo: no como una guerra que hay que ganar, sino como un espacio donde aportar sin romperse. Donde liderar no significa sacrificarse hasta desaparecer. Donde el “Sí” no es solo para la empresa: es, también, para uno mismo.


Jesús no dejó de ser un gran profesional, dejó de pagar su excelencia con su salud.

¿Te atreves a dar el primer paso?

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