Sinopsis:
Elena fue entrenadora de hockey: entrañable, sensible, humana, de las que te enseñan a creer antes incluso de saber hacerlo. Pero su historia más grande no pasó en una pista de hockey. Pasó en el lugar más íntimo: su sueño de ser madre. La vida no se lo puso fácil. Y aun así, Elena y su marido Fran no renunciaron. Cuando el “no se puede” se volvió rutina, Elena eligió otro camino: la adopción. Y lo que parecía un proceso interminable terminó convirtiéndose en una familia
construida a pulso… y amor.
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Hay personas que te enseñan a ganar sin hablar de ganar. Elena fue una de las primeras en hacerlo conmigo. Mi primera entrenadora de hockey. De esas que te corrigen con cariño, te exigen con respeto y te miran como si ya vieran en ti algo que tú todavía no sabes que tienes.
Por eso, cuando pienso en “historias ganadoras”, la cara de Elena aparece rápido. Pero no por un partido, ni por un campeonato. Por su manera de pelear —con elegancia, con esperanza y con fe— por el sueño más profundo de su vida: ser madre.
A Elena siempre le gustaron los niños. No como un “me caen bien”. Como una certeza. Como una vocación de ternura.
Ella y su marido, Fran, lo intentaron de todas las maneras imaginables. Por “h”, por “b” y por “z”, como decimos cuando ya no quedan letras. Y sin embargo, la vida no se los concedía.
A veces los sueños no se rompen de golpe. Se desgastan. Se llenan de intentos, de esperas, de pruebas, de conversaciones difíciles, de silencios largos.
Y ahí es donde mucha gente se detiene. No por falta de amor, sino por agotamiento. Por protegerse. Por miedo a seguir dándose contra el mismo muro.
Elena no.
Elena decidió adoptar.
Y no lo hizo “a ver si sale”. Lo hizo con intención, con información, con
determinación. Eligió Latinoamérica, un lugar donde sabía que podía hacerlo. Y entonces empezó otro tipo de prueba: la que no se ve desde fuera. La burocracia. La incertidumbre. La espera que no tiene fecha. Esos meses que se alargan como si el tiempo también estuviera evaluándote.
La experiencia fue dura. Muy dura.
Porque adoptar no es llenar un formulario y volver a casa. Es sostener un deseo durante meses, a veces años, sin garantías. Es vivir allí, lejos de lo conocido, esperando a que la legalidad vaya al ritmo de la esperanza (y casi nunca van al mismo ritmo). Todo era lento. Tedioso. Desgastante. Un “todavía no” repetido en mil versiones.
Pero Elena sostuvo la ilusión, la esperanza y la fe. No como una fantasía, sino como una decisión diaria: seguir. Con Fran al lado. Juntos. Aguantando la incertidumbre como quien aguanta un temporal sabiendo que, si no suelta el timón, llegará a puerto.
Y un día llegó el día.
No con fuegos artificiales. Con un instante que te cambia la vida sin pedir permiso: le entregaron dos hermanos, niño y niña. Dos criaturas para cuidar toda la vida. Dos historias que se encontraban con la suya. Dos miradas que, de pronto, pasaban de ser “espera” a ser “presente”.
Podría haber terminado ahí. Para cualquiera, eso ya era un mundo. Pero la vida — cuando por fin abre una puerta— a veces abre otra detrás.
Porque su solicitud también estaba en otro lugar. Y al poco tiempo llegó otra confirmación. Otra oportunidad. Otro Sí. Y Elena y Fran se encontraron, casi de
golpe, con tres pequeños.
Tres.
Imagínate lo que significa eso. No es solo “más trabajo”. Es más responsabilidad, más logística, más miedo, más noches sin dormir, más aprender sobre la marcha. Y también —si tienes el corazón dispuesto— más amor multiplicado. Más familia construida a base de presencia.
Elena no ganó un sorteo. Ganó una carrera de fondo. Una de esas que se corren sin aplausos y con las piernas temblando. Ganó porque no se rindió. Porque no se resignó. Porque decidió decir Sí y elegir otro camino cuando el camino “normal” se cerró. Y lo caminó hasta el final.
A mí, que la conocí como entrenadora, me parece que su historia de maternidad tiene el mismo sello que tenía en la pista: constancia, fe, calma firme y sensibilidad. Elena es la prueba de que los sueños, a veces, no se cumplen como los imaginabas… pero pueden volverse realidad si te atreves a ir a buscarlos.
Y sí: de Elena se pueden aprender varias lecciones. Pero la principal es esta: hay victorias que no se celebran con medallas, se
celebran con vida.
