Sinopsis:
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Simone no nació con ventaja. Nació con urgencia.
En una favela de São Paulo, Brasil, donde la infancia se mide más por lo que aprendes a evitar que por lo que sueñas con ser, Simone creció rodeada de hermanos y hermanas. Todos hijos de la misma madre, no del mismo padre. Un hogar lleno de vidas, pero también de ausencias. Y, sobre todo, lleno de una palabra que pesa como una piedra: supervivencia.
De niña, su destino parecía obvio. La calle. Vender periódicos, pañuelos de papel, cualquier cosa que pudiera convertirse en unas monedas al final del día. En su mundo, lo “normal” no era jugar, era aportar. No era imaginar, era aguantar. Y cuando la necesidad se vuelve costumbre, el límite entre lo peligroso y lo inevitable se vuelve borroso.
Simone lo dijo una vez sin adornos: llegó a vender armas para salir adelante.
Esa frase, sola, ya cuenta una vida entera. Porque vender armas no es “un trabajo”. Es estar expuesta. Es convivir con el miedo y con la violencia. Es caminar por un filo que no perdona. Es vivir demasiado cerca de todo lo que destruye: la trata, los abusos, las redes que devoran a quien no tiene protección. Simone estaba exactamente en el lugar donde muchas historias se rompen para siempre.
Pero la suya no.
Un día —no porque el mundo se volviera más amable, sino porque ella se volvió más decidida— Simone se miró por dentro y tomó una decisión simple y radical: esto no puede ser mi vida. No fue una frase bonita. Fue un corte. Un “hasta aquí”. Un gesto de dignidad en un entorno que te enseña a resignarte.
Empezó por lo que tenía a mano: trabajo. Entró en la cocina de un restaurante. Y ahí, entre el calor, el ritmo, los cuchillos y el orden que exige un servicio, encontró algo que la calle no le daba: estructura. Reglas. Equipo. Un lugar donde el esfuerzo tenía un resultado claro.
Simone cocinaba, aprendía, observaba. No pedía permiso para mejorar: mejoraba. Y en ese entorno ocurrió algo que cambia destinos: alguien se fijó en ella. No con pena, sino con respeto. Alguien entendió que Simone no necesitaba salvación: necesitaba una oportunidad real.
Y llegó la beca.
Una puerta abierta hacia una de las mejores escuelas de hostelería del país. Para muchas personas, estudiar es “lo normal”. Para Simone era casi un milagro… pero un milagro que había que pelear. Porque una beca no te regala disciplina. No te regala constancia. No te regala valentía. Eso lo puso ella.
Se comprometió con su vida como quien se compromete con una promesa: sin excusas. Estudió. Se formó. Se sostuvo. Y lo consiguió: ganó la beca, ganó el aprendizaje y ganó algo aún más importante: la sensación de que el futuro podía ser diferente si ella lo seguía empujando.
Ese empuje cruzó el Atlántico.
Europa apareció como aparece lo impensable: primero como posibilidad, luego como reto. Trabajó en restaurantes prestigiosos en Portugal, Suiza y España. Cambió de idioma, de ciudad, de ritmo, de cultura. Aprendió la excelencia desde dentro. Y, aunque su camino seguía siendo tortuoso —porque quién empieza desde tan abajo no se desprende del pasado de un día para otro—, Simone avanzaba con una esperanza práctica: la esperanza que trabaja.
Hoy, esa esperanza tiene nombre propio: Inurriak.
Su empresa de catering. Su proyecto. Su manera de decirle al mundo “aquí estoy” con lo único que nadie pudo quitarle: su determinación. Simone no es la historia de “todo es fácil si lo deseas mucho”. No. Simone es la historia de alguien que caminó donde muchos no sobreviven, y aun así eligió construir.
Y quizás por eso su espíritu emprendedor no es postureo. Es instinto. Es memoria. Es carácter. Es esa energía intacta de quien ya lo vio todo… y aun así quiere más vida, más futuro, más luz.
Porque a Simone no la define lo que le tocó.
La define lo que hizo con ello.
