Sinopsis:
Yara es de esas personas que entran en una habitación y suben la luz. Entusiasta, valiente, siempre disponible para ayudar. Pero un día, una revisión rutinaria la sacó del guion: tumor maligno en el útero. Operación urgente. Miedo a raudales. Y aun así, eligió una forma de atravesarlo: con coraje, con silencio protector hacia sus padres y con un “Sí” rotundo a vivir.
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Hay gente que tiene una energía que no se explica. Se nota. Personas que, incluso cuando la vida pesa, siguen sosteniendo lo positivo como quien sostiene una vela en mitad del viento.
Yara es así. Entusiasta. Implicada. Con una alegría valiente, de las que no son ingenuas, sino elegidas. De las que nacen de una decisión: “yo voy a mirar esto con esperanza”.
Por eso, cuando la vida la puso contra las cuerdas, fue como si el universo hubiera elegido el contraste más cruel.
Todo empezó con una visita rutinaria al ginecólogo. Una revisión como tantas. Una de esas cosas que haces casi por inercia, pensando “vale, y listo”. Y entonces llegó la frase que te rompe el suelo bajo los pies: un sarcoma en el útero. Es decir un tumor que había que extirparlo cuanto antes. —Sólo tenemos 15 días. Más allá será tarde—, le dijo el médico.
La noticia le cayó como una bomba. Porque una cosa es saber —en abstracto— que estas cosas pueden pasar. Y otra es escuchar tu nombre al lado de palabras que nunca quieres oír.
Yara, que siempre había hecho sus revisiones con normalidad, se encontró de golpe en el lado que nadie elige: el lado de las decisiones urgentes, la incertidumbre y el miedo.
Ahí, en medio del impacto, apareció una de esas elecciones que definen a una persona. Sus padres vivían fuera de Madrid. Eran mayores. Yara se imaginó su angustia, la distancia, la impotencia, la preocupación a destiempo. Y decidió protegerlos.
No lo compartió con ellos.
Lo guardó en secreto y se lo confió únicamente a un tío suyo, religioso, alguien que podía sostener su silencio y acompañarla desde la fe, la calma y la escucha.
Hay secretos que no son mentiras: son escudos. Yara eligió ese escudo para sus padres.
La operación salió bien. Se recuperó con éxito. Volvió a respirar. Volvió a pensar “quizá ya está”. Volvió a intentar vivir sin estar todo el tiempo mirando el abismo. Y entonces, cuando empezaba a recomponer el mundo, la vida volvió a golpearla: el cáncer se había extendido a otro lugar. La vagina.
Ese tipo de noticia no solo asusta. Agota. Porque te cambia la narrativa. Ya no es “un susto”. Ya no es “una intervención y listo”. Es un camino.
Yara, armada de coraje —de ese coraje que a veces no sabes de dónde sale— decidió tratarlo con la mejor actitud posible. No la actitud de “no pasa nada”, sino la actitud de “sí pasa… y yo voy a estar aquí, presente, fuerte y viva, atravesándolo”.
Le dijo Sí a la vida de manera rotunda.
Y volvió a dejar a sus padres al margen. No por frialdad, sino por amor. Porque Yara no quería que su historia se convirtiera en una sombra constante sobre ellos. Quería, si podía, que siguieran durmiendo. Que siguieran viviendo sin ese nudo en
el estómago. Cargar sola con eso, para muchos, sería impensable. Para ella fue una forma extrema de cuidado.
El tratamiento no fue amable. Los tratamientos casi nunca lo son. Pero Yara hizo algo que solo entiendes cuando lo ves: convirtió su energía en una herramienta. Eligió rodearse de lo que la elevaba. Se aferró a la esperanza con disciplina. Sostuvo la sonrisa cuando pudo. Y cuando no pudo, siguió igual: con dignidad, con determinación, sin soltar el hilo.
Hoy Yara está recuperada. Y sigue siendo, probablemente, una de las personas más optimistas y generosas que conozco. Pero su optimismo ya no es solo un rasgo. Es un testimonio. Una manera de mirar la vida después de haber visto de cerca lo que asusta.
Y, como si no fuera suficiente, Yara decidió transformar el dolor en compañía: se hizo mentora, acompañó a otras personas que atravesaban algo parecido. Les prestó su voz, su experiencia, su calma. Porque hay personas que, cuando sanan, no se van. Se quedan para alumbrar el camino de otros.
Yo, con Yara, me quito el sombrero.
Por su esperanza. Por su determinación. Por su confianza en la vida.
Y por esa valentía rara: la de seguir siendo luz cuando podrías haberte apagado.
